Después de muchos años dando clases particulares, una acaba aprendiendo a leer más allá de los cuadernos. He trabajado con alumnos desde primaria hasta 2º de Bachillerato, y si algo tengo claro es que las dificultades no empiezan en los exámenes, empiezan mucho antes, en la actitud con la que se enfrentan al estudio.
En primaria todavía veo curiosidad. Hay despistes, sí, y falta de hábitos, pero aún existe cierta ilusión por aprender. En bachillerato, por el contrario, el panorama es otro: estrés, presión, prisas, miedo a no llegar. Muchos llegan tarde, intentando recuperar en dos años lo que dejaron escapar durante cuatro.
Pero si hay una etapa que me preocupa especialmente, es 1º y 2º de la ESO.
A esas edades me encuentro con alumnos profundamente desmotivados.
No es que no puedan, es que no quieren. Les da igual suspender, repiten la frase “me da igual” como un escudo, y viven el estudio como un castigo impuesto por otros.
No estudian para ellos, ni siquiera para aprobar, estudian (si lo hacen) para que les dejen en paz.
Y lo más duro no es la falta de interés en las asignaturas. Lo más duro es que no son conscientes del daño que se están haciendo a sí mismos.
Sin darse cuenta, están hipotecando a su yo del futuro. Ese yo, que dentro de unos años querrá elegir, avanzar, decidir… y se encontrará con puertas cerradas, no por falta de inteligencia, sino por falta de esfuerzo cuando aún estaban a tiempo de esforzarse.
Muchos me dicen:
-«Inma, ya espabilaré más adelante».
Pero la realidad es que nadie espabila de golpe. Los hábitos no aparecen por arte de magia en 4º de la ESO o en 1º de bachillerato. Se construyen poco a poco, y cuando no se construyen, luego todo cuesta el doble y duele mucho más.
Como profesora de academia, no solo explico matemáticas o química. Intento que entiendan algo mucho más importante: que estudiar no va de notas, va de oportunidades. Va de no cerrarse caminos antes de tiempo. Va de respeto hacia uno mismo.
Sé que no es fácil. Sé que están cansados, saturados, perdidos. Pero también sé (porque lo he visto) que cuando un alumno empieza a creer un poco en sí mismo, cuando entiende que el esfuerzo tiene sentido, el cambio es enorme.
Ojalá estos chicos de 1º y 2º de la ESO pudieran verse dentro de cinco o diez años. Ojalá entendieran que el mayor suspenso no es una asignatura, sino rendirse tan pronto.
Aún están a tiempo, siempre están a tiempo.
